Grecia Carol (Santorini)

GRECIA. Carretera y avería

Esta anécdota ocurrió en un viaje de estudiantes y profesores norteamericanos en Meteora, una zona montañosa y sorprendente de Grecia que me recordó a las Alpujarras del sur de España.

Estábamos en el autobús atravesando las montañas, cuando de repente se oyeron unos ruiditos y sentimos pequeños parones en el autobús. 

Mis conocimientos de mecánica eran y son nulos (ni siquiera tengo carné de conducir), por lo que no era consciente de la gravedad o no de la avería. Pero resultaba evidente que algo pasaba con el autocar. El grupo comenzó a notar que algo iba mal y el ambiente se tensó. Se percibía una cierta tensión en el ambiente a modo de pequeños comentarios en voz baja de los pasajeros.

Uno de los profesores me daba sugerencias mecánicas para que se las transmitiera al conductor. Tarea especialmente ardua cuando el conductor y yo no compartíamos ningún idioma. Como era de esperar, no consiguió entender mis explicaciones mecánicas en inglés. Y no me extrañaba, ni yo misma las entendía.

Afortunadamente, gracias a los gestos y las ganas de comunicarse, parecía sí entender y aceptar mi sugerencia de parar en el primer pueblo con algún indicio de civilización. Tras unos 20-30 minutos de una extraña conducción interrumpida por parones, por fin llegamos a un pueblecito en el que había una explanada donde aparcar el autobús. 

Pedí a la gente que se bajara y les di tiempo libre para pasear por el pueblo, buscar baños y regresar donde estábamos en 30 minutos.

El conductor sacó alguna herramienta y con gestos me pidió que intercambiáramos los teléfonos. Los escribimos, literalmente, cada uno en el móvil del otro. Para mi sorpresa, de repente dijo en inglés «10 minutes» y abrió la parte del motor. Entonces le dejé trabajar y me fui a explorar el pueblo.

greece-santorini-2

Yo tenía una mezcla de sensaciones interesantes. Estaba preocupada por la avería, y a la vez sentía la excitación de estar en un lugar totalmente desconocido pero que me resultaba muy agradable y casi familiar. Quizá por sus montañas, olivos, casas blancas y sol radiante, que sin duda me recordaba al sur de España. 

La poca gente que veía en la calle nos miraba como si fuéramos alienígenas. No parecían muy acostumbrados a ver a turistas perdidos en su pueblo.

De hecho, nada más entrar en una tiendecita, a la dueña le dio un ataque de risa en mi cara, literalmente. Yo no entendí nada hasta que la dueña llamó a una vecina que hablaba un poco de inglés. Cuando llegó, me miró y se unió al ataque de risa de la dueña. Y como pudo (por las risas y por el idioma), me dijo que le recordaba mucho a una conocida de ellas (la dueña parecía corroborarlo en griego). Yo no encontraba tan gracioso el tema de los parecidos, pero sí me resultaba muy peculiar la escena que estaba viviendo: dos mujeres en un pueblo remoto de Grecia, en una pequeña tienda de comestibles mirándome y riéndose sin parar. Y yo, uniéndome a las risas, principalmente por lo peculiar de la situación. Mientras tenía a 40 personas a mi cargo dando vueltas por un pueblecito de, calculaba yo, unos 200 habitantes como mucho. Y además, sin ni siquiera poder comunicarme con mi conductor ni saber la magnitud de la avería. 

Era verano y hacía calor. Me parecía estar viviendo una película.

Meteora pueblo_Fotor

Al salir de la tiendecita, me encontré a los adultos de mi grupo, quienes me dijeron, también entre risas, que ni el autobús ni el conductor estaban donde les habíamos dejado. Bromean, pensé. 

Me acerqué donde habíamos aparcado y comprobé que efectivamente no había rastro del conductor ni del autobús. Entonces le llamé, yo no perdía la esperanza de poder comunicarnos como fuera. Él me volvió a decir en inglés: «10 minutes».

El grupo seguía de muy buen humor, lo cual yo agradecía enormemente, y comenzamos a hacer bromas sobre lo que estaba ocurriendo. 

Por fin apareció el conductor. ¡Aleluya! Subimos al autobús, arrancó y todo parecía ir bien. Hasta que el profesor, que estaba sentado detrás del conductor, hizo una broma diciendo que quizá este había ido a vender en el mercado negro todas nuestras pertenencias que estaban en el maletero. De repente, el conductor se giró y nos miró extrañado. ¡No! ¡Horror! ¡Había entendido la broma y no parecía haberle hecho mucha gracia! ¡Tierra,trágame! Por lo visto, comprendía bastante más inglés de lo que yo había pensado.

Fue una gran lección para no subestimar los idiomas que la gente a tu alrededor puede comprender, aunque sepas o pienses que no los hable.

Continuamos el viaje y aunque tarde, conseguimos llegar a nuestro destino.

Mientras todo eso ocurría, yo había estado en contacto telefónico permanente con el responsable de mi empresa en esa zona de Grecia. Este vino a la cena a explicarme lo ocurrido, en inglés, no en griego 😉 afortunadamente. 

Resulta que en la zona había una serie de gasolineras mafiosas donde mezclaban la gasolina con agua. Y eso es lo que le había ocurrido a nuestro autobús. Así que el conductor tuvo que ir a algún lugar a vaciar el depósito y llenarlo de nuevo en otra gasolinera.

Desde luego que en la vida, cada día se aprende algo, pero en un tour, se aprenden muchas muchas cosas.

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