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Barcelona. Chica de 15 años desaparece en la noche

Esta historia es una de las más escalofriantes que he vivido. 

Una noche estaba durmiendo en un hotel de Barcelona cuando me despertaron voces tras la puerta. Era la mujer de uno de los profesores y necesitaba mi ayuda. Una chica de 15 años de su grupo había desaparecido y temían que estuviera borracha y sin ninguno de sus amigos. Me lavé la cara y me vestí tan rápido como pude y me reuní con el profesor y su mujer. 

Por lo que habían deducido tras hablar con los amigos de la chica, los hechos habían sido así: durante el tiempo libre ella les dijo que quería beber alcohol. Estos se negaron. Eran conscientes del papel que habían firmado diciendo que si bebían alcohol durante el tour, se les devolvería inmediatamente a EE.UU.

La chica (Amy a partir de ahora aunque el nombre es ficticio), se enfadó con ellos y se fue. ¿Dónde? Los amigos pensaban que se habría ido a los bares y discotecas de la playa, pero no sabían nada más. 

Con esta información el profesor me pidió si podía acompañarle a rastrear esos bares y discotecas y yo accedí. 

El hotel se encontraba a unos 15 minutos de la “zona de “marcha” playera. Sería ya más de la 1 de la madrugada cuando comencé a entrar en muchos bares en busca de Amy, sin ningún éxito. 

En un momento me di cuenta del trabajo tan peculiar que tenemos los guías. Literalmente puedes pasar de estar plácidamente durmiendo en una cama a, en menos de una hora, verte de bar en bar en busca de una estudiante desaparecida. Sí, hay que estar preparado para cualquier cosa que pueda ocurrir en cualquier momento.

En las discotecas las filas de gente esperando para entrar eran inmensas. Y yo, en vez de esperar me acercaba a los porteros y les explicaba lo sucedido para que me dejaran pasar. Me preguntaron qué edad tenía la chica. Al decirle 15 años, todos negaron que hubiera entrado en su local ningún menor. 

Llegó un momento que vi clarísimo que no tenía mucho sentido mi búsqueda. Además ya había puesto al corriente de la situación a la policía, al servicio de emergencias de mi empresa y al hotel, así que poco más podíamos hacer en ese momento. 

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Justo estaba teniendo esta conversación con el profesor cuando recibí una llamada del hotel. Les habían llamado de un hospital diciendo que Amy había llegado allí con un coma etílico. Me dieron el nombre del hospital y con esta información el profesor y yo cogimos un taxi. 

Al llegar me contaron lo sucedido. Alguien había encontrado a Amy inconsciente en la playa, “ese alguien” llamó a una ambulancia y estos la llevaron al hospital. Allí la reanimaron y cuando recuperó algo de consciencia recordó el nombre del hotel. 

No llevaba ningún tipo de documentación encima, así que entró en urgencias como una menor indocumentada. Nos dijeron que había llegado en muy mal estado pero ya se estaba reponiendo. 

Serían ya más de las 2 de la mañana y en menos de 5 horas el grupo debería estar despertándose para prepararse y continuar rumbo a Francia. Era un tour de dos semanas con estudiantes y profesores de EE.UU por España, Francia e Italia. El grupo estaba compuesto de dos escuelas que no se conocían entre sí. La de este profesor y la de una profesora que demostró una gran comprensión más adelante. 

Cada vez que me imaginaba cómo sería el día de viaje que me esperaba, al no haber apenas dormido, me daban ganas de echarle una gran bronca a Amy en cuanto estuviera en condiciones. 

A los pocos minutos por fin pudimos verla. Tenía un aspecto deplorable: todo el maquillaje corrido, muy mala cara y muy poca ropa. 

Nada más verme se echó a mis brazos y me pidió perdón. Llorando me dijo:

—Tengo problemas de alcoholismo desde los 12 años. 

Se me encogió el alma y la abracé fuerte. Le dije que lo sentía mucho. Y que en este momento lo más importante era darse cuenta de que no le había pasado nada grave. Pero que su profesor tenía que hablar con ella. Él tenía muy claro que debería devolverla Estados Unidos lo antes posible. Había roto un trato muy importante, ya no confiaba en ella y era peligroso que continuara viajando por Europa. Además, sería muy mal ejemplo para sus compañeros y un gran riesgo para la vida profesional del profesor. Estos profesores que se responsabilizan de los estudiantes en los viajes son dignos de toda mi admiración. 

Nos subimos los tres al taxi y el profesor habló con ella. Al llegar al hotel yo empecé con las llamadas pertinentes a mi empresa para pedir la devolución de la menor y su billete de vuelta. Esto me mantuvo despierta al menos otra hora más.

Amy entendía que tenía que ser expulsada del tour tras lo que había hecho. Pero lloraba desconsoladamente porque decía que sus padres, divorciados, se “iban a pasar la pelota” como siempre hacían. Al parecer vivía unos años con el padre en un estado y otros en otro estado con la madre. 

El seguro no cubría los gastos de la repatriación, así que a los padres no les queda otra que ponerse de acuerdo y pagar como fuera el billete de vuelta. De eso se encargaba mi empresa. 

En recepción Amy lloraba desconsoladamente. Se sentía muy avergonzada por lo que había hecho. Además le daba también mucha vergüenza subir a la habitación que compartía con dos amigas. Yo le decía que la entendía pero que me temía que no había otra opción. Le propuse hablar yo con sus compañeras antes de ella que subiera y me lo agradeció. 

Primero las llamé por teléfono (sería las 3am) para explicarles que su amiga había aparecido y que teníamos que hablar con ellas. Después subí con Amy y la dejé haciendo su maleta entre llantos y estado de shock de sus amigas. Fue una situación bastante dura. Me despedí de Amy con un abrazo y el corazón encogido.

Fui a mi habitación y recibí una llamada de mi empresa diciendo que habían conseguido un billete para la mañana siguiente. 

Para añadir más leña al asunto, nos encontrábamos con un doble problema: los padres habían pedido que al ser menor debería ir acompañada. O por una persona de la compañía aérea o por el profesor. Este no podría acompañarla porque era responsable del resto de sus alumnos. Así que llamé a la compañía aérea. Me dijeron que este servicio para menores había que pedirlo con un mínimo de antelación 24 o 48h, según la compañía.

Con todo esto, lo máximo que podría hacer el profesor era llevarla al aeropuerto y ayudarla a facturar. Para ello, tendríamos que retrasar el viaje al menos una hora. 

Él era consciente de que el otro grupo no debía verse afectado por lo que hubiera hecho su estudiante. Así que me preguntó cómo podría reunirse con nosotros en el siguiente destino. 

Yo sabía que sería un tanto complicado porque íbamos a pasar la noche en una pequeña ciudad de Francia y para llegar ahí el transporte no era sencillo ni rápido. Entonces le plantee la opción de hablar yo con la otra profesora, explicarle lo sucedido y pedirle si nos autorizaba a retrasar el comienzo del día una hora. De esta manera daría tiempo a esperar a que él volviera del aeropuerto y después continuar el viaje. 

Ese día podíamos ser un poco flexibles con el tiempo porque no había demasiadas actividades a las que tuviéramos que llegar a una hora exacta. Además la cena sería en el hotel. Y cuando eso ocurre, los cambios de hora suele ser menos complicados que si se cena en un restaurante. 

La profesora accedió sin problemas a mi petición. Hablaría con sus estudiantes y se lo explicaría. 

La noche anterior, antes de la desaparición de Amy, yo había fijado las 8:30am para salir del hotel. Y a esa hora tenía ya a 40 personas preparadas para ir a Francia. Hasta ese momento solo unos pocos sabían lo que había acontecido la noche anterior. 

Cuando la profesora me dio el ok para retrasar la salida pensé qué hacer con un grupo de estudiantes y profesores a las 8:30am durante una hora en Barcelona. Calculaba que era lo que tardaría el profesor en regresar del aeropuerto. 

Se me ocurrió llevarles al parque de la Ciudadela, no sin antes explicar brevemente lo sucedido al conductor para que entendiera el cambio de planes. 

Finalmente fue una mañana agradable para el grupo. Unos pasearon por el parque y otros tomaron café. Así que pasaron una hora relajados, lo cual siempre es de agradecer en este tipo de viajes. 

Yo mientras estaba en contacto por móvil con el profesor. Afortunadamente en esta época ya era común que, al menos los profesores, llevarán teléfono móvil cuando viajaban a Europa. Todo estaba en orden y tal y como habíamos planeado sobre las 10am se reuniría con nosotros para continuar el viaje a Francia. 

Para esa hora yo ya llevaba tres cafés encima…  El resto del día creo recordar que fue tranquilo aunque había una inevitable tensión en el grupo. 

Había sido una gran lección. Creo que en ese día todos fuimos conscientes de cómo a los profesores no les queda más remedio que cumplir con su palabra cuando los estudiantes rompen las reglas más básicas.

El enfado que yo tenía con Amy mientras esperaba en urgencias se había disipado completamente cuando me di cuenta del drama que vivía esta chica desde tan joven. Sí, yo apenas había dormido ese día y me esperaría una jornada complicada, pero eso no era nada comparado con el problema que ella tenía. Alcoholismo desde los 12 años. Terrorífico.

Durante más de una década he viajado con adolescentes y he podido comprobar que, por lo general, cuanto peor es su comportamiento mayores problemas tienen. Son adolescentes a los que no se les ha enseñado cómo gestionar su vida. Y viajar les enseña mucho, a madurar, a ver cómo se manejan lejos de la protección del hogar, y en definitiva a gestionar las emociones. Algo que deberíamos haber aprendido todos desde la escuela primaria y que espero algún día se llegue a hacer. Seguramente sería una de las asignaturas más beneficiosas para la vida. 

¿Qué opinas?

Foto bar Matthieu Comoy   Foto chica Daniel Garcia

This Post Has One Comment
  1. Yo estoy muy de acuerdo contigo Vera. La palabra dada hay que cumplir la aunque les duela a todas las partes implicadas.
    Y en cuanto a aprender a manejar las emociones tb opino que es algo que hay que aprender desde pequeños, lo que no tengo tan claro es que sea menester de la escuela. Creo que es la familia la que tendría que hacer eso…. El problema tb radica en que la familia suele estar tb super perdida en el tema y entre que no saben como hacerlo y en que delegan la responsabilidad a los maestros al final nadie lo hace y los niños cuando llegan a la adolescencia les explotan los problemas en la cara…. No se, quizá la única solución que se me ocurre sería crear cursos de formación en manejo emocional para los padres para que así estos pudieran pasar ese conocimiento a sus hijos, tanto con palabras como con actos…. Sobre todo con el ejemplo, si sus hijos ven que sus padres son capaces de manejar sus emociones a ellos les parecería algo normal y lo aprenderán por el método que siempre funciona… Copia lo que ves.

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